Antoni Coll -
Tarragona -
05/07/2008 9:40
La cinematográfica liberación de Ingrid Betancourt evoca en mí la de Mussolini el 12 de septiembre de 1943, no porque yo la recuerde, que por entonces mi interés estaba centrado en el chupete, sino porque conocí a Otto Skorzeny, jefe del comando de las SS que protagonizó la hazaña. El valeroso y fanático militar, tras ser juzgado al final de la guerra, vivió en España. Skorzeny, como Hitler, era austríaco. Apenas había ejercido de ingeniero, cuando estalló la II Guerra Mundial en la que luchó en varios frentes. El mismo Führer le seleccionó para la arriesgada misión de rescatar a Mussolini, prisionero en un hotel situado en el Gran Sasso, el pico más alto de los Apeninos.
Los hombres de Skorzeny no se infiltraron entre los carabineri que custodiaban al Duce, sino que les sorprendieron con un aterrizaje imposible en la ladera de la montaña. Como sucedió en Colombia, no hubo ni un disparo y también salió volando el rescatado.
Aquella causa, ciertamente, era menos noble.